Amazona en Bilbao

Bajó del avión con un café expresso que no había podio terminar; un libro y su equipaje de mano, eran la única compañía que tendría hasta llegar al juzgado. Subió al taxi que la llevaría hasta allí y respiró profundamente.

Donde la llevo, señorita?_ preguntó el taxista.

Tengo que asistir a un juicio dentro de tres horas, contestó ella.

Entonces, la llevo a los juzgados?

No; quiero ir antes a la Plaza Moyua, a la tienda Loewe.

Está bien señorita, pero le advierto que Loewe cerró sus puertas hace meses… ya no se encuentra en esa dirección.

Lo sé, sólo quiero ir allí. Hace mucho que no estoy en Bilbao.

Pefecto; vamos hacia allí entonces.

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El trayecto se le hizo corto, lleno de recuerdos, de imágenes olvidadas. Bilbao era una ciudad gris, pero para ella siempre había luz a pesar de todo. Eran sus ojos los que veían así a la ciudad que la había visto crecer y después, marcharse para siempre.

Cuando llegó a la plaza y bajó del taxi, se sintió extraña. Loewe se había ido, como ella. Era enero y hacía frío; un frío intenso que  parecía más cálido que nunca. Volvía para volverse a ir. Aquella ya no era su casa, aunque siempre sería su ciudad.

Y allí, en medio de la nada, no pudo impedir que las lágrimas cayeran de sus ojos. No estaba triste, pero sentía un vacío inexplicable.

De pronto, un desconocido se acercó y le ofreció un pañuelo después de recoger su libro del suelo. Era un ejemplar de bolsillo de Crimen y castigo, de Dostoyesky.

Disculpe, señorita. Se le ha caído esto. _dijo el desconocido con voz amable.

Oh, gracias, no me he dado cuenta. _contestó ella mientras se secaba las lágrimas con el pañuelo .La verdad es que nunca puedo terminar de leer esta historia. Lleva años conmigo y no hay manera.

Oh, no se preocupe. Todo tiene su tiempo. Quizá, cuando su libro lleve tanto tiempo con usted como su bolso…. quizá entonces pueda llegar al final de sus páginas.

Cómo sabe que mi bolso….?

No he podido evitar observarla; lleva usted una magnífica joya.

Mi padre regaló este bolso a mi madre cuando yo nací. Hace ya…

Cuarenta años verdad?, quién lo diría, parece usted muy joven.

Como sabe que tengo cuarenta años? _contestó ella asombrada.

Yo vendí ese bolso a su padre; el Amazona, en 1975; fue el año en que se creó. Es una pieza de coleccionista; Loewe podría recomprarsela.

Disculpe que la haya molestado, su taxi la espera, señorita._ dijo mientras se alejaba por la Gran Vía.

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Miró a aquel desconocido hasta que se perdió entre la gente y sintió el peso del bolso en su brazo. Se montó en el taxi y le pidió al conductor que la llevara a los juzgados.

Entonces empezó a llover y, sin saber por qué, ella empezó de nuevo a llorar

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